La luna, dos piedras en la ribera
Una barca surca el horizonte,
Cúspide de la pirámide sin fin
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Mientras la masa se hacía pedazos entre mis palmas, una paz llenaba el espacio, sabía lo que estaba allí afuera, y aquí adentro, algunos hombres y mujeres haciendo sonar los tamboriles y los platos, en un ritmo repetitivo e interminable.
El maestro poniendo agua en las paredes y en el altar. El fuego convirtiendo la madera en ceniza.
El asistente me movió un poco haciendo que mis ojos se abrieran, pareció preguntar que era lo que hacía, no respondí. El maestro, con una manguera en la mano, lo miró con un gesto que no desaprobaba mi accionar.
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Vivía en este determinado mundo, en el específico tiempo en el que nací; y ahora algunos años después de mi nacimiento, me encontraba en la ribera del gran río por primera vez.
No se cuanto tiempo había transcurrido desde que la barca con mis compañeros había partido y yo me había quedado en las escalinatas viéndolos partir, lo único que sabía con seguridad era que había tomado la decisión correcta al dirigirme allí en soledad.
Me puse en pie y caminé despacio contemplando las cometas que volaban en el atardecer, algunas volaban alto cerca de un un azul suave, lavanda, frío y pacífico; otras lo hacían bajo, cerca del sol, contrastadas tras los rosados y naranjas que le seguían en su camino a occidente.
Al azar, elegí una de las muchas barcas que surcaban el río y decidí que allí estaban mis compañeros, me dispuse a seguirla para que me indicara el camino.
Parecía como si nadie remara, como si el agua estuviera llevando la barca en su cauce, así que no tuve que moverme con velocidad; supongo que la barca que era mi guía cambió de tripulantes, tamaños y formas pues la multitud de personas que andaban por la ribera del río a esta hora era abrumadora.
Multitudes de caras alegres, de té, de bidis, de cometas multicolores y paletas de cricket, multitudes sentadas en familia observando el ritual del atardecer frente al río. Multitudes que en apariencia me alejaban de mi objetivo, pero sabía que solo me acercaban más.
Mi mente se dispersó por mucho tiempo observando los rostros, observando las acciones, observando la quietud. Al ser consciente de mi existencia de nuevo, los colores habían desaparecido y sólo quedaba la oscuridad que difuminó el límite entre el agua y las estrellas.
Estaba de nuevo sentado en una escalinata y había tabaco de mascar en mi boca.
Luego de empezar a andar de nuevo, luego de algunas charlas, de algunos chais, luego de reír, luego de ver al mismo grupo de perros deambular una y otra vez; finalmente me encontré en la verja que daba paso a la ciudad verdadera; múltiples fuegos iluminaban la noche, con tranquilidad pero sin pausa crucé el umbral.
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Luego de horas, quizá años de estar allí sentado, luego de preguntarme muchas veces si no estaba muerto ya y sólo estaba visitando mi antigua tumba, luego de imaginar los posibles animales, estrellas y ríos que mis átomos habitarían y habitaron, luego de volver a creer estar vivo, llegué a la conclusión de que la razón de mi existir era conocer y hacer el bien con el conocimiento.
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El cielo contenía infinidad de puntos iluminando los ojos, estrellas muy brillantes, no todas de un mismo color. Una cierta intuición me pedía calladamente pero también con mucha determinación que no perdiera de vista un grupo de estrellas específico que se encontraba justo en alguna parte de la inmensidad. La tarea que en principio parecía sencilla empezó a convertirse en un reto a la concentración e incluso a la razón misma.
Los cientos de estrellas, imposiblemente cerca del grupo elegido por un inefable azar, generaban nuevas formas, nuevos animales, nuevos seres. La cuenta del número de astros que pertenecían al espacio elegido se hacia fácil en principio pero luego de algunos minutos volvía a cero. El espacio que quería determinar parecía desaparecer, el infinito es grande.
Por momentos llegaba a estar seguro que mi tarea era completamente infructuosa que algunos de los astros que había visto, habían sido imaginados, pues era imposible reconocerlos de nuevo. Y luego de encontrarme rendido, allí estaban de nuevo.
Luego de un tiempo indeterminado creí haber terminado la cuenta al fin, a lo que siguió otro tiempo indeterminado confirmando mi conclusión; repitiendo el mismo juego de rompecabezas astral de desaparecimientos y reaparecimientos, de luces, de espacios vacíos y matices sutiles.
Cuando llegué por segunda, tercera y cuarta vez a la misma conclusión y acepté que finalmente lo había logrado, me enfoqué al fin en el número que había encontrado, 14.
Una curiosa sensación me sobrecogió por un momento, el número hacía parte de una memoria que no podía recordar. Seguí viendo el grupo que había elegido, que estaba no sólo compuesto de estrellas sino también de un planeta y de la luna y seguí recontándolos una y otra vez; cada vez con menor esfuerzo, algunos cuerpos creaban vagas formas que luego de un tiempo empecé a identificar con cierta facilidad.
Cuando finalmente me sentí confiado de poder apartar los ojos del firmamento y encontrar los astros si así lo quisiera, también encontré la conexión que tenía con el número, este provenía de unas crípticas palabras de Borges hablando del dios, provenía del tigre y del jaguar.
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Lo que está después del umbral, lo que allí se encuentra y allí sucede no soy yo el indicado para contarlo en estas palabras, quizá porque opacaría la visión de unos ojos que no han visto; quizá por que sería egoísta hacerlo, quizá porque las palabras no podrían explicar lo que allí acontece, quizá porque no lo recuerdo bien, quizá porque necesito entender primero.
Me valdrá con citar algunos elementos que vienen a mi cabeza ligados a ese lugar: el color naranja, el agua, velas flotantes, flores, las vacas y los perros, las cabras, ojos profundos, la tierra, barcas, el chai, barandas, baldes, el calor y el frío, las estrellas, la luna, el color rojo, la madera, las voces suaves, el sol, las escalinatas, el humo, las guirnaldas y las personas.
Luego de caminar o imaginar por mucho tiempo esta ciudad, que no sólo parecía pertenecer a una época muy antigua, sino también a una época en la que la magia era parte de la realidad; encontré la única puerta iluminada que existía –o eso pensé al menos–, luego de asomar mi cabeza fui invitado por el maestro con la condición de entrar descalzo.
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Sentí que era momento de salir, me puse en pie, me despedí dando las gracias y con la promesa de volver. Afuera seguí contemplando el fuego por un largo tiempo, finalmente me decidí a partir en un camino diferente al que había llegado; miré al río por una última vez y me sumergí en las construcciones que comenzaban algunas escaleras más arriba.
Las calles en la oscuridad se tornaron en laberintos delgados e idénticos; por un momento pensé en volver sobre mis pasos pero seguí caminando mientras lo pensaba y ya luego no pude reconocer mis pasos y tampoco importaba.
Luego de dar vueltas entre los callejones por largo tiempo pero con la tranquilidad de saber que los laberintos tienen salida, seguí caminando. En un momento mis ojos se cruzaron con los de una mujer, reconocí su mirada y sonreímos a un tiempo pues nos encontrábamos en la misma situación. Nos habíamos conocido más temprano en el día y no podíamos creer encontrarnos allí, tan perdidos, solitarios y alegres.
Nos dirigíamos en direcciones similares así que caminamos juntos por horas sin saber muy bien hacia donde; luego de largas conversaciones y sonrisas con otros, de muchas preguntas e historias de nuestras vidas y de otras vidas, poco a poco empezamos a reconocer lugares familiares. En cierto punto el objetivo dejo de serlo, sabíamos que llegaríamos a donde lo necesitáramos sólo por continuar caminando. Una idea que había rondado en mi cabeza hace tiempo se confirmó en ese momento caminando junto a esa mujer.
Luego de un largo tiempo de estar juntos, de una constante alegría, finalmente llegamos al punto donde nuestros caminos se dividían, dijimos adiós con una sonrisa, seguros de volvernos a ver.
Antes de entrar a mi hogar de paso, me senté por un momento y miré al cielo, la belleza del firmamento era hipnótica.