El Incidente del Espejo - Parte I

Luego de la muerte de su padre decidió conservar la casa y moverse a ella, y no porque fuera de su gusto. Al contrario, siempre la relacionó con una cueva oscura y extraña a la que le fue destinado habitar; idea que nunca se fue del todo y lo persiguió a su edad adulta, haciendo de los demás lugares en los que vivió solo nuevas áreas –antes desconocidas- de la misma cueva.

La razón para moverse de vuelta a su salón principal, fue una mezcla de abnegación, respeto a la memoria de su familia, y no menos importante; la facilidad que brinda vivir en un lugar sin tener que pagar por el.

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Ya todo terminó, al fin; después del incidente con el espejo decidí llamar a Dolores y cancelar nuestra cita, estaba turbado y confundido. Mis manos temblaban y pensé en salir a caminar, pero en realidad no tenia mucho miedo; me sobrecogía mas que nada una sensación de indefensión que nada podía arreglar.

Preferí ir a la cama, tomar un par de pastillas y tratar de descansar, pero como era de suponerse no pude dormir con facilidad; así que encendí la televisión buscando sus ondas sordas e hipnóticas. 

A pesar de mi búsqueda de distracción fácil, mis sentidos aún seguían agudos y no lograban concentrarse en las risas superpuestas del aparato, al contrario seguían alertas; esperando, esperando que algo mas sucediera, entre una mezcla de espanto y curiosidad.

Mis ojos estaban fijos en las sombras que la luz de la luna derramaba sobre las inciertas formas en la oscuridad, sombras que parecían alargarse y acortarse disimuladamente, como si se movieran sin buscar que lo notara y estuvieran atrapándome en silencio. Busqué zafarme cerrando los ojos, giré un poco sobre mi mismo arrullándome; mas de giro en giro terminé de nuevo mirando a la televisión una hora después, aunque ya un poco mas tranquilo y soñoliento; y a cada momento mas seguro que nada sucedería mientras no estuviera frente al espejo.

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La casa tenia dos pisos, en el segundo piso había apenas una habitación y un baño. En la primera planta había una cocina que se fundía con el comedor y una sala relativamente espaciosa, aún llena de recuerdos de su familia.

Había también otra habitación, que había sido suya hasta los diecinueve años, y que ahora volvía a serlo. Decidió desocupar la habitación de sus padres en el piso superior; más por respeto a su memoria conservó la mayoría de sus enseres, simplemente los distribuyó al rededor de la casa; conservando para si la fina cama de roble tallado que había sido parte de la habitación principal desde que tenía uso de razón.

Al principio le costo dormir en esta casa que le traía tantos recuerdos y que a pesar de no ser muy grande; a sus ojos, el silencio y el vacío la hacían parecer una gran mansión olvidada.

A veces despertaba con la sensación de que sus padres estaban a su lado, como solían hacerlo algunas noches en su niñez cuando temía dormir solo y esta sensación se acrecentaba gracias a la cama de roble; mas no podía simplemente tirarla a la calle – aunque muchas veces se le hubiera pasado por la cabeza-; y tampoco tenía otro espacio para ella pues la habitación de sus padres – aprovechando sus grandes ventanales – se había convertido en un espacio apenas ocupado por un escritorio que le recordaría su olvidado sueño de escribir, que entre el poco tiempo que le dejaba su trabajo se había convertido en una vieja ilusión.

Con el pasar de los meses termino por acostumbrarse a la casa y tras dormir acompañado, no pocas noches, por Dolores; termino por acostumbrarse incluso a la cama de roble. La buena costumbre haciendo mas fácil la vida con soluciones a medias.

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Del techo caían gotas de sangre que parecían brotar de la blanca cal.

La sangre goteaba lenta pero constante empapando mi pecho y mis piernas. Mi cabeza estaba fija al frente y solo veía lo que el espejo dictaba. No quería dejarlo ir, no quería mirar abajo, a mis piernas desnudas de este lado del reflejo.

La sangre llegó hasta el piso del baño y generó un mosaico de pequeños cuadros rojos al moverse sutil entre las separaciones de los azulejos blancos, la vista era a la misma vez terrible y espléndida.

Con prontitud la sangre terminó por recubrir los azulejos mismos y el piso se convirtió en una alfombra escarlata que contrastaba con la blancura del resto del espacio.
En lugar de escapar por la rendija de la puerta, la sangre empezó a subir a una velocidad que no coincidía con la de la sangre que caía del techo. La sangre llegó a mis rodillas, y una sensación de incertidumbre e incomodad empezó a surgir, como si pensamientos verdaderamente míos, empezaran a existir de nuevo. El efecto hipnótico del espejo parecía estar siendo vencido por el instinto de supervivencia, o algo parecido a ello.

Cuando el líquido iba ya por encima de la cintura, la sensación de la sangre subiendo por mi estómago y el olor metálico que llenaba el espacio generaron en mi un terrible ahogamiento. Pensé en mirar a otro lado fuera del alcance del espejo, mi respiración se entrecortaba sofocada, mas decidí llevarlo hasta las ultimas consecuencias y me propuse a no dejar de mirar.

Cuando ya la sangre iba por mi cuello y mi animo estaba paradójicamente más calmo y aún mas decidido a continuar, la puerta se abrió dejando escapar la sangre en cuestión de segundos. Me quedé mirando muy fijo al umbral de la puerta y ahí estaba mi madre en su vestido de matrimonio empapado de sangre y con su brazo estirado aún sujeto al pomo.

Mi cabeza giro instintivamente, los restos de sangre y mi fantasmagórica madre habían desaparecido. La puerta estaba abierta ciertamente, pero quizás siempre había estado así, no lo podía recordar con certeza.

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Con mis ojos cerrados escuchaba el tren pasar sobre los rieles, sonido que relacionaba con el de un cuchillo siendo afilado una y otra vez. El trayecto en el subterráneo a mi trabajo, desde mi nuevo hogar, parecía ahora interminable.

Podía escuchar claramente la conversación de la pareja en el asiento contiguo acerca de algún anodino hecho que había salido ayer en las noticias, al que no presté mucha atención. Aún con los párpados cerrados reconocí otras charlas, una de ellas en un idioma que no pude reconocer con claridad y lejos las risas exageradas de un adolescente, supuse yo, tratando de llamar la atención de una chica que reía con suavidad.

La voz robótica de una mujer abrió mis ojos anunciando la parada en la que nos encontrábamos. Una marejada de gente se movió con velocidad por las puertas corredizas sin permitirme reconocer a la pareja de adolescentes, ni al hablante de la irreconocible lengua. Aún a trece estaciones de la oficina volví a cerrar mis ojos.

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Treinta y tres, treinta y siete, treinta y nueve, cuarenta y cinco. El numerador aumentaba vertiginosamente sin que nadie lo notara. Un corto y casi imperceptible vacío antecedió las puertas abriéndose. Ina Levin pareció despedirse con una fugaz mirada antes de cruzar el umbral; era una chica guapa que trabajaba para la compañía de seguros en el piso cuarenta y seis, espacio compartido con una agencia de transportes, de la que en realidad no conocía a nadie; solo sabía de su existencia por la placa que colgaba en su puerta.

A decir verdad tampoco había visto a nadie más de la compañía de seguros – o al menos no lo recordaba-, solo reconocía a Ina porque cuando cruzaban alguna mirada en el pasillo o en el lobby, la chica siempre parecía sonreírle con un gesto ambiguo y sutil, y sabía su nombre por el prendedor que llevaba en su chaqueta.

Nunca le había hablado; en parte porque su relación con Dolores le daba cuanto necesitaba en ese momento, pero principalmente porque no sabría de que hablar con una persona que trabajara en una agencia de seguros. 

 

En cierta manera le gustaba creer que su trabajo era diferente al de las grises y secas caras que se bajaban en el piso veintidós o al de los siempre habladores abogados vestidos de azul del piso quince. Aunque muy en el fondo sabía que era parte del mismo tejido, del mismo organismo, no por nada todos convivían en ese mismo edificio.

Al cerrarse las puertas, el reflectante metal de las paredes le hizo retomar la idea que lo estaba embargando esa mañana – en realidad la mañana, la tarde y la noche de los últimos días – que contradecía todo cuanto había hecho hasta ese punto.

Hacía un par semanas desde que había cubierto el espejo con una sábana y lo había puesto detrás del armario de la cocina.

En principio, cuando el espejo se encontraba aún en el baño, se mentía a si mismo pensando que el evadir mirarlo era una reacción normal – infantil quizá, pero normal al fin -, incluso su mente la convirtió en una decisión lógica al cabo de unos días.

Más con el pasar de las semanas, el espejo se hacía cada vez mas pesado y notorio en su costado del baño y cada día sin atreverse a mirarlo, su presencia era incluso mas fuerte y su influencia mayor.

Al pasar frente a el, un día le sudaban las manos, otro le dolía la cabeza, otro su garganta se convertía en un nudo. Lo lógico se convirtió en llana cobardía y la cobardía en terror; y un día se decidió taparlo y esconderlo para no verlo jamás.

 

Cincuenta y seis, cincuenta y nueve, sesenta y cuatro. La puerta se abrió una vez más. Disculpe – dijo. Forzosamente se deslizó entre los cuerpos de algunos de aquellos que trabajaban en los pisos superiores. Al cruzar el umbral se encontraba ya en su oficina – que no tenia puertas - un espacio gigantesco y minimalista. De camino a su puesto saludó sin prestar mucha atención a uno de los nuevos pasantes y a la señora que limpiaba el lugar en las mañanas. La extraña idea que había empezado a rondar en su cabeza recientemente aún continuaba allí y no parecía que se iba a ir con facilidad.

Se detuvo un momento para prepararse un café; un largo día de trabajo entre esas gigantescas cuatro paredes hasta ahora empezaba. De reojo observo a través de los grandes ventanales.

Era un lindo día de verano allí afuera.

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No podía dejar de pensar en lo que había sucedido ayer. De camino al trabajo traté de prestar atención a las conversaciones de otros en el tren, pero mi mente se dispersaba con facilidad; de la misma forma en que había buscado distracción en la televisión en la noche anterior sin éxito alguno.

La escasa luz del túnel en el que me encontraba transformaba la ventana translucida frente a mi en un rectángulo negro, en el que yo me encontraba reflejado sentado cerca del centro, acompañado de una joven leyendo con afán algunas fotocopias a un lado y un hombre moviendo la cabeza al ritmo de música hip hop – música que podía escuchar por el volumen de sus audífonos – del otro.

Mis dispersos sentidos fácilmente dejaron de percibir la música y el afán de la chica. Mi pensamiento lentamente se posó en mi rostro en el reflejo de la ventana y me quedé muy fijo mirando mis ojos por un largo tiempo. Aunque se veían borrosos y difusos con el movimiento del tren, me recodaban intensamente lo que había visto el día anterior.

Rememoré de inmediato la manera casi infantil en la que evadí mirar el espejo cuando pase frente a el esta mañana, así que era la primera vez que me veía a mi mismo desde el incidente de la noche anterior.

Concentrándome cada vez mas en mis ojos, mis acompañantes matutinos parecieron desvanecerse del rectángulo negro y sólo quedé yo con mis pensamientos.

Uno a uno fueron agrupándose con prontitud docenas si no cientos de pensamientos distintos y dispares; y en un instante sentí como si se hubieran posado en un diminuto y profundo lugar de mi cerebro, todos a un tiempo. La sensación era insoportable y agobiante.

Mi cabeza se llenó de una presión muy fuerte que jamas había experimentado. Los pensamientos eran palabras, azulejos, imágenes, amantes, sangre, sonidos, atardeceres, sonrisas, reflejos.

Sin estar en control de lo que sucedía, vi una vez mas a aquel cuervo picar los ojos de un perro muerto en la carretera camino a La Cumbre, también los ojos alegres y llenos de vida de Cecilia con su boca sonriente sobre la almohada, a la vez que los labios morados de mi padre en el ataúd. Situaciones dispares e inconexas, que se sucedían o sobrelapaban sin cesar y sin ningún orden ni sentido.

La luz a través de la ventana que anunciaba la llegada a una parada del tren, detuvo mi hilo de pensamientos; aunque la aguja punzante dentro de mi cerebro permanecía bastante profunda. No se por cuanto tiempo las ideas desordenadas estuvieron rondando, pero estoy seguro que el rectángulo negro se había transformado en ventana translucida y viceversa muchas veces sin llegar a notarlo, pues con un extraño gusto descubrí que solo me encontraba a dos paradas de distancia para llegar a mi trabajo. La chica de las fotocopias aún estaba a mi lado.